Barniz de Pasto: moda que nace del bosque Una travesía creativa entre tradición, resistencia y diseño contemporáneo
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Modario - Historias de Moda es una innovadora serie editorial de la CUN que fusiona investigación académica, diseño y narrativas visuales. A través de un riguroso ejercicio de storytelling y pensamiento crítico, cada cartilla transforma el análisis cultural en una herramienta accesible y de alto valor social. Una publicación imprescindible que invita a entender la moda más allá de lo superficial: como un reflejo vivo de nuestra identidad, memoria y contexto social.
Capítulos
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El origen multicultural del barniz de Pasto
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Resumen del capítulo / VerCuando Filipa decidió tomarse un respiro de los reflectores y las telas de moda, estaba en busca de algo que ya no encontraba en las grandes capitales de la moda; buscaba alma. En dicha búsqueda, sus pasos la llevaron a los Andes del sur de Colombia, a un lugar donde las nubes acarician las montañas y la historia se siente viva a través del arte: Pasto.
Desde la ventanilla del avión pudo ver que los Andes le daban la bienvenida con su majestuosa irregularidad. Al llegar a San Juan de Pasto, el aire olía a tierra húmeda y a fuego de leña. Las calles empedradas, las fachadas color mostaza, los techos de teja y las sombras nítidas de las montañas daban la sensación de que el tiempo allí caminaba distinto. Al llegar, quiso conocer la ciudad de inmediato y sus pasos la condujeron hasta una pequeña tienda de artesanías. Allí, entre cofres, bandejas y cruces talladas, conoció el barniz de Pasto: una técnica que combinaba el brillo de la resina natural con diseños minuciosos que parecían flotar sobre la madera. Cada pieza era única, con colores profundos y formas que recordaban espirales, hojas, flores y geometrías sagradas.
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El alma del barniz El mopa-mopa y su lenguaje vegetal
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Resumen del capítulo / VerFilipa, una mañana fría y especial decidió adentrarse en las montañas de un verde oscuro y de frondoso esplendor que rodeaban el paisaje de la lejana ciudad de Pasto; iba vestida con un poncho azul típico de la región cuando se encontró con Pedro, un guía local muy amable y como siempre sonriente. Él tenía puesto un sombrero para cubrirse del sol y llamó la atención de Filipa porque combinaba con el poncho que había elegido para ese día; él, que conocía los senderos como si fueran las arrugas de su propia mano, la saludó enérgico y le dijo “¿estás preparada?”. La humedad del bosque subandino era densa y la luz que se filtraba a través del follaje creaba sombras que danzaban reflejadas en el piso; era una escena mágica. El canto de los pájaros se entrelazaba con el crujir de las ramas, creando la sinfonía perfecta para este escenario. En ese rincón del mundo, oculto a la vista, crecía un árbol modesto, pero sagrado: denominado el Elaeagia pastoensis, la fuente del mopa-mopa, árbol delgado y largo.
Filipa estaba muy sorprendida al ver la sencilla presencia de aquel árbol, pues nunca imaginó que de éste saldría algo con lo que se podría crear una obra hermosa que parecía imposible de tan delgado origen. Ella, sin dudar se acercó al árbol con la reverencia que se le tiene a un sabio; y este, aunque no era imponente, se erguía con una dignidad que imponía respeto. Fue allí, en su corteza, donde el guía, con la yema de su dedo, señaló la savia que guardaba secretos de siglos y Filipa y Pedro encontraron allí el elixir mágico.
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Donde la paciencia se convierte en arte La técnica sagrada del barniz de Pasto
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Resumen del capítulo / VerDurante días que siguieron a su llegada, Filipa encontró su segundo hogar en los talleres del centro de Pasto. No eran grandes fábricas ni espacios pulidos. Eran habitaciones tibias con muros encalados, donde la luz entraba de manera tímida por ventanas de madera vieja y los estantes crujían bajo el peso de pigmentos, resinas y herramientas que llevaban décadas siendo parte de un mismo ritual y allí, el tiempo parecía moverse a un ritmo diferente. Entonces, en medio de la sencillez del entorno, descubrió el verdadero corazón de la técnica: el tallado del barniz.
Cada mañana, los artesanos comenzaban su labor; en una mesa de superficie lisa, de aproximadamente un metro por 40 centímetros, reposaba la resina del mopa-mopa, que había
sido previamente cocida al vapor y teñida con pigmentos naturales —raíces, carbón, achiote, ceniza—. Esa resina ya no era una sustancia uniforme: era una lámina viva, elástica, colorida, delgada como una piel de cebolla. El proceso comenzaba mucho antes del primer corte. Cada pieza -un cofre, una bandeja, un mueble- debía ser lijada con cuidado hasta que su superficie se convirtiera en un lienzo suave y expectante.
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Donde el arte tiene nombre y rostro Los maestros artesanos y su legado vivo
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Resumen del capítulo / VerFilipa no dormía igual desde que llegó a Pasto. Los sonidos nocturnos de la ciudad -lejanos ladridos de perro, el viento golpeando tejados coloniales, el murmullo de conversaciones bajo faroles de luz cálida- se mezclaban con las formas que comenzaban a tomar sus ideas. En su libreta de bocetos, las páginas se iban llenando con líneas curvas, siluetas inspiradas en los cofres virreinales barnizados y diagramas donde los pliegues de una falda se cruzaban con las espirales típicas del barniz. El barniz ya no era solo una técnica decorativa, sino que se convertía en un lenguaje estético capaz de ser traducido a tela, costura y forma.
Filipa pronto se dio cuenta de que el verdadero tesoro del barniz de Pasto no eran solo los objetos brillantes que veía en las vitrinas. El verdadero tesoro caminaba por los callejones de Pasto, respiraba en los humildes talleres y tejía historias a través de las manos arrugadas y sabias de los maestros artesanos. Cada uno de ellos era un guardián de secretos que se habían transmitido de generación en generación. No había academias ni grandes diplomas colgados en las paredes, lo que había era algo más puro; memoria viva.
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Donde la tradición y el futuro se abrazan El barniz de Pasto en el arte, el diseño y los sueños por venir
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Resumen del capítulo / VerEl día que Filipa empacó su maleta para partir, lo hizo con más cuidado del habitual. No era solo ropa lo que llevaba, en cada cuaderno, en cada trozo de tela que había coleccionado, en cada fotografía que había tomado de las manos que barnizaban cofres y bandejas, llevaba también una promesa.
Una promesa de llevar el legado con ella. En los días finales de su estadía, caminó por el Museo Juan Lorenzo Lucero y el Museo del Oro. Allí observó piezas barnizadas que habían sobrevivido siglos, protegidas por vitrinas que intentaban frenar el paso del tiempo, pero lo que más le conmovió no fue la belleza de las obras, sino lo que no podía verse; las generaciones que las habían hecho posibles, los talleres que ya no existían, las voces que el barniz aún parecía susurrar.